The Devil Wears Prada: la película que convirtió la moda en parte de la historia
Hay películas en las que el vestuario acompaña la historia. Y hay otras en las que sería imposible contar la misma historia sin él.
Cuando The Devil Wears Prada llegó a los cines en 2006, convirtió el funcionamiento de una revista de moda ficticia en entretenimiento global. Pero detrás de Miranda Priestly, Andy Sachs y los pasillos de Runway existió un trabajo de vestuario mucho más calculado de lo que parece.
Veinte años después, algunas de aquellas prendas siguen siendo reconocibles y la película continúa formando parte de la conversación sobre moda.
Patricia Field no estaba intentando hacer un documental
Una de las personas fundamentales detrás de la estética de la película fue Patricia Field, la diseñadora de vestuario que también había ayudado a construir el universo visual de Sex and the City.
Field tenía claro que su trabajo no consistía en reproducir literalmente cómo vestían los empleados de una revista.
De hecho, cuando la película se estrenó, algunos profesionales de la industria cuestionaron precisamente eso: consideraban que el vestuario mostraba una versión exagerada de la realidad.
Era intencional.
Field explicó posteriormente que su objetivo era contar una historia a través de la ropa, no documentar de manera exacta el funcionamiento de la industria.
Por eso Runway se siente como una versión amplificada del mundo de la moda: más abrigos, más accesorios, más tacones y más dramatismo.
Hollywood necesitaba que entendiéramos inmediatamente quién tenía poder, quién pertenecía a ese mundo y quién todavía estaba intentando entrar.
La ropa hacía buena parte de ese trabajo.
Miranda Priestly necesitaba parecer Miranda, no una campaña publicitaria
Para construir el guardarropa de Miranda Priestly, interpretada por Meryl Streep, Field tomó una decisión particularmente interesante.
No quería vestirla exclusivamente con las colecciones más nuevas del momento.
Recurrió, entre otras fuentes, a los archivos de Donna Karan.
La intención era utilizar piezas suficientemente sofisticadas pero no tan reconocibles como para que el espectador pensara inmediatamente en una colección concreta.
Miranda debía tener un estilo propio.
No simplemente llevar lo que estaba de moda.
Streep también participó en la construcción del personaje. El famoso cabello blanco de Miranda fue parte de esa identidad visual y terminó siendo tan importante como sus abrigos, gafas y accesorios.
El resultado fue un personaje cuya autoridad podía percibirse incluso antes de que comenzara a hablar.
Andy tenía un problema completamente diferente
Andy Sachs comienza la película prácticamente ajena al lenguaje de la moda.
Su transformación necesitaba entonces ser evidente.
Y ahí apareció Chanel.
Patricia Field decidió utilizar la casa francesa como una de las referencias centrales para construir la nueva imagen del personaje de Anne Hathaway, aunque su guardarropa también incorporó numerosas otras marcas.
Uno de los momentos más recordados es su aparición con botas Chanel por encima de la rodilla, acompañadas de minifalda y chaqueta.
No era simplemente un cambio de ropa.
Narrativamente significaba que Andy había aprendido los códigos del lugar en el que trabajaba.
Su evolución profesional estaba siendo contada visualmente.
Valentino incluso apareció interpretándose a sí mismo
La relación entre ficción y moda real llegó todavía más lejos.
Valentino Garavani realizó un cameo en la película interpretándose a sí mismo.
Field trabajó además con prendas de distintas casas y diseñadores para construir los personajes, incluyendo Chanel, Prada y piezas procedentes de los archivos de Donna Karan.
Pero la propia diseñadora de vestuario ha explicado que su criterio principal no era utilizar determinada marca por su nombre.
Primero debía funcionar la prenda.
Una diferencia importante.
Porque vestir a un personaje no es exactamente lo mismo que vestir a una celebridad para una alfombra roja.
El objetivo final es que la ropa ayude a contar quién es esa persona.
¿Miranda Priestly era realmente Anna Wintour?
Es probablemente la pregunta que acompaña a la película desde hace dos décadas.
La novela original de Lauren Weisberger apareció en 2003. Antes de convertirse en escritora, Weisberger había trabajado como asistente de Anna Wintour en Vogue.
Por esa razón, las comparaciones fueron inevitables.
Sin embargo, Miranda Priestly es un personaje ficticio y la película llevó ese universo todavía más hacia el terreno de la ficción y el entretenimiento.
La conexión cultural, no obstante, se volvió tan fuerte que en 2026 ocurrió algo que habría parecido improbable veinte años antes: Anna Wintour y Meryl Streep aparecieron juntas en una producción de Vogue para conversar sobre moda, poder y The Devil Wears Prada.
La realidad terminó encontrándose con la ficción.
La escena del azul cerúleo escondía una idea bastante seria
Probablemente ninguna escena explica mejor el mensaje de la película sobre la moda.
Andy se ríe mientras Miranda y su equipo discuten entre dos accesorios aparentemente similares.
Miranda entonces le explica que el suéter azul que lleva puesto —y que Andy considera completamente ajeno al mundo de la moda— también es consecuencia de decisiones tomadas anteriormente por diseñadores, editores, compradores y grandes compañías.
La escena está dramatizada para la película, pero la idea que plantea es real.
Las tendencias no aparecen espontáneamente en las tiendas.
Colores, siluetas y materiales pueden comenzar en colecciones de diseñadores, pasar por editoriales y compradores, ser reinterpretados por otras marcas y terminar llegando al mercado masivo.
Incluso alguien que afirma no interesarse por la moda participa inevitablemente en ese sistema cuando elige qué ponerse.
Veinte años después
La mejor prueba de la influencia cultural de The Devil Wears Prada quizá sea bastante sencilla: seguimos hablando de su ropa.
En 2026, con el regreso cinematográfico de la historia, Vogue volvió incluso sobre los looks originales y sobre aquellas tendencias de 2006 que hoy podrían regresar.
Eso dice bastante sobre la relación entre moda y entretenimiento.
Una gran prenda puede definir una temporada.
Pero cuando esa prenda queda asociada a un personaje, una escena o una historia que millones de personas recuerdan, puede adquirir una segunda vida.
Andy tuvo sus botas Chanel.
Miranda, sus abrigos.
Y el cine consiguió algo que las tendencias rara vez logran por sí solas:
hacer que veinte años después todavía queramos volver a mirarlas.
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